Nicolás Veracierta vio: Así es el largo escape de Venezuela

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Les llaman ‘los caminantes’.

Venezolanos tan pobres y desesperados por huir de la crisis humanitaria de su país, que se dirigen a naciones vecinas en busca de trabajo. Su viaje puede llevarlos a Cúcuta, la ciudad colombiana al otro lado de la frontera, o mucho más al sur, a Buenos Aires, a unos 8 mil kilómetros de Caracas.

Aunque muchos consiguen aventones para algunas partes del trayecto, en realidad no tienen más remedio que caminar durante días en condiciones brutales: el frío de los Andes y el calor abrasador de la sabana tropical. Se dice que un lugar temido, el Páramo de Berlín, una meseta alta con vientos helados al norte de Colombia y a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, se ha cobrado varias vidas.

En total, se espera que unos 2 millones de venezolanos emigren en 2019 y pasamos un par de días con un grupo de ellos. Este es su relato.

Carlos Villalón

Cuando se viaja por días en camiones y a pie, la higiene es un desafío. Cualquier fuente de agua es un baño. A los pocos minutos de ver por primera vez al grupo de 17 hombres, mujeres y niños que se unieron para cruzar a Colombia, se dirigieron a un río cercano para bañarse, refrescarse y lavar ropa.

Estaban a unas 10 horas de la frontera con Venezuela, a las afueras de una pequeña ciudad colombiana llamada La Donjuana. Primero fue el turno de los hombres. Hacía calor y el agua estaba fría, así que se quedaron allí un rato y platicaron un poco. Luis, Richard y Héctor emergieron rápidamente como los líderes del grupo. Cuando se secaron y se vistieron, regresaron al pequeño refugio donde descansaron. La esposa de Héctor, Gualesca, y las otras mujeres tomaron su turno en el agua.

Carlos Villalón

Descansados ​​y con sus estómagos llenos por primera vez en días, el grupo estaba listo para iniciar una de las partes más difíciles del recorrido a través de Colombia, a lo largo del mencionado Páramo de Berlín. Había muchas sonrisas temprano ese día, sin embargo, estas no durarían demasiado tiempo.

El grupo se había encontrado unos días antes en una parada de autobús en Barinas, una ciudad a unos 200 kilómetros de la frontera con Colombia. Una vez que todos se dieron cuenta de que tenían el mismo destino, Perú, decidieron viajar juntos. Eran un grupo particular: un trabajador de la fábrica de Kimberly-Clark, un vendedor de frutas, un paracaidista del ejército, un miembro de la Guardia Nacional, un empleado petrolero, entre otros. Había ventajas de moverse en grupo. Lo más importante, hay más seguridad cuando se viaja en números grandes.

El trayecto se atoró rápidamente, incluso antes de que salieran de Venezuela. Mientras se acercaban a la frontera, Maduro la cerró. Incapaces de simplemente cruzar el puente internacional Simón Bolívar, recurrieron a entregar un poco del precioso dinero que tenían a unos bandidos armados conocidos como “trocheros”, para escoltarlos a través de bosques controlados por cárteles de la droga.

“Retira todas las piedras en nuestro camino, Señor… Bendito seas, Padre… Por favor, deja que el Espíritu Santo nos guíe, Señor”.

Después de orar juntos, comienzan la caminata del día. El primer reto fue llegar a la pequeña ciudad de Pamplona. Moviéndose a pie, el grupo se cansó rápidamente. La ciudad se encuentra en lo alto de los Andes, a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar.

A los pocos minutos de su viaje, se escucharon gritos frenéticos. Héctor y Richard se dieron la vuelta para encontrar a una mujer joven que se había desmayado, mientras su compañera de viaje la miraba con impotencia.

La mujer inconsciente estaba demacrada, su piel estaba pálida. Intentaron revivirla, pero no reaccionó. Afortunadamente, un médico estaba cerca. Escuchó la conmoción y se apresuró en una motocicleta para alejar a la mujer y su compañera.

A medida que se acercaban al Páramo de Berlín, las tensiones comenzaron a estallar. El plan era que las mujeres tomaran un autobús sobre la montaña con los niños mientras los hombres salían a pie. Cuando esperaban el autobús, las mujeres compraron algo de comida y luego, preocupadas por el rápido descenso de las temperaturas, compraron sombreros y guantes para los niños. Los hombres se enojaron. Los sombreros y los guantes eran una pérdida de dinero, se quejaban, y también tenían hambre. “Los hombres no están hechos de acero”, replicó Richard. Él y algunos de los otros hombres hablaron sobre separarse del grupo cuando comenzaron la escalada.

Carlos Villalón

La caminata a través del Páramo tuvo el mayor impacto en Luis. Perdió el aliento rápido y se detuvo con frecuencia, para frustración de los demás. Tenía problemas respiratorios, dijo, el resultado de un pulmón dañado y un caso grave de asma.

Luis fue una figura polarizante en el grupo casi desde el principio. Fumaba, consumía el dinero del grupo y, según los demás, fumaba marihuana por la noche, a veces frente a los niños. Sin embargo, era el único del grupo que ya había hecho previamente el viaje a Perú y conocía la ruta que habría que seguir para llegar a su ansiado destino.

Carlos Villalón

Los brotes de xenofobia hacia los migrantes venezolanos reciben la mayor parte de la atención en América del Sur hoy en día, pero eclipsan los actos de bondad, grandes y pequeños. En el transcurso de 48 horas, el grupo recibió refugio, comida, consejos de viaje y, quizás lo más importante, aventones de varios camioneros, incluido uno que recogió a los hombres en su momento más vulnerable, cuando cruzaban el Páramo.

Seis días después nos reconectamos con el grupo. Ya se encontraban a varios cientos de kilómetros hacia el sur, caminando por la carretera a través de las verdes y ondulantes colinas al norte de la frontera con Ecuador. A pesar de la tensión y las peleas que habían tenido en el trayecto, estaban todos juntos, excepto Luis. Se habían separado finalmente de él días antes y no lo habían visto desde entonces.

Carlos Villalón

En Perú, por fin. La mayoría del grupo, incluidos Héctor, Gualesca y sus dos hijos, terminaron su viaje en Piura, una pequeña ciudad en la franja del desierto entre los Andes y el Océano Pacífico. Cuando llegaron, no tenían planes concretos sobre cómo iban a ganarse la vida en lo que sería su nuevo hogar.

Richard y su primo Antonio continuaron hacia el sur hasta que llegaron a un pueblo en las montañas que rodean Lima. La hermana de Richard ya vivía allí y se llevó a los dos. Como soldador de oficio que trabajó durante años en la industria petrolera de Venezuela, Richard encontró trabajo en un taller mecánico. Al principio, Antonio tuvo menos suerte y se mantuvo ocupado vendiendo dulces y limpiando parabrisas hasta que, después de unos días, Richard logró conseguirle un trabajo también.

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